Me recosté en la noche, a la luz de una tenue lámpara aburrida. Me tapé hasta la nariz para sentir la calidez que le faltaba a mi vida, y con los ojos húmedos fui cayendo en un sueño eterno. Se sentía un clima frío pero seco, nada parecido al de mi ciudad natal. El pasto estaba mojado debido al rocío de la mañana, pero por alguna extraña razón el cielo seguía pintando de un azul oscuro. No se oía el canto de los pájaros, pero sin embargo a lo lejos pude escuchar unas risas. Eran discretas como una travesura de la adolescencia. Entonces sentí una sensación rara recorrer mi espalda, parecido a un escalofrío pero muchísimo más intenso. Me erizó la piel y me descontroló los sentidos, como una especie de enamoramiento ideal y tenebroso a la vez. Me invadieron las ganas de escaparme hacía allí, pero no podía.
Aquél desconocido lugar me llamaba, las montañas y los bosques me empujaban para explorarlos, pero mi miedo a lo nuevo me detenía una vez más. Siempre robándome deseos y esperanzas. Siempre sujetando mis talones para prohibirme asombrarme.